La última carrera de Tulio Crespi: la carta con la que eligió despedirse

Tulio Crespi murió a los 88 años después de una vida dedicada a construir autos de carrera. Pero incluso su despedida quiso hacerla a su manera: dejó escrita una carta para que fuera publicada cuando ya no estuviera.

Tulio Crespi pasó buena parte de su vida imaginando cómo hacer que un auto funcionara mejor. Dibujó, cortó, soldó, corrigió y volvió a empezar miles de veces. Construyó monopostos, transformó autos de Turismo Carretera, creó deportivos propios, llevó una Tulia y una Tulieta al Salón de París y, cuando ya había pasado largamente los 80 años, seguía entrando al taller con proyectos nuevos en la cabeza. Por eso acaso no resulte extraño que también haya querido ocuparse de su despedida.

Tras su fallecimiento en el día de hoy, a los 88 años, en la cuenta de Instagram de Crespi Competición apareció una carta escrita por él mismo. Empieza con una frase que sólo podía pertenecer a alguien que había pasado la vida alrededor de una pista: “Si están leyendo esto, es porque me tocó largar mi última carrera”.

No es un texto centrado en la enfermedad que atravesó durante sus últimos tiempos. De hecho, pidió exactamente lo contrario. “No quiero que hablen de eso. No quiero que me recuerden por cómo me fui, sino por cómo viví.”

Y para contar cómo vivió hay que volver a un taller, a las manos sucias y a una Argentina en la que construir un auto de carrera todavía podía empezar con una idea dibujada casi de manera artesanal.

“VIVÍ 88 AÑOS HACIENDO EXACTAMENTE LO QUE AMÉ”

Crespi lo resumió mejor que cualquier obituario posible: “Viví 88 años haciendo exactamente lo que amé. ¿Cuánta gente puede decir eso?”

Su historia con los fierros empezó temprano. A los 13 años ya trabajaba como aprendiz y durante los años 60 convirtió un taller de Chacarita en el punto de partida de una carrera que terminaría atravesando prácticamente todos los niveles del automovilismo argentino. Según recordó él mismo años después, su primer monoposto nació junto a amigos y compañeros de la Escuela Técnica Otto Krause. Terminó manejándolo personalmente y ganó en su primera participación.

Aquel comienzo terminó desembocando en Crespi Competición, fundada en 1962. Sus autos se hicieron fuertes primero en la Fórmula Mini-Junior y después en la Fórmula 4, antecedente directo de una escuela de pilotos que durante décadas sería fundamental en el automovilismo argentino. Más tarde, los chasis Crespi se transformarían en una presencia prácticamente inseparable de la Fórmula Renault.

Crespi calculaba haber construido más de 1.000 autos de carrera en más de seis décadas de trabajo. La cifra impresiona, pero probablemente diga menos de su influencia que la cantidad de pilotos que comenzaron o desarrollaron parte de sus carreras sobre uno de sus autos. En su despedida volvió justamente sobre ellos.

“Gracias a todos los pilotos que confiaron en mí. A los que se subieron a un Crespi sin saber si iban a llegar, pero con la ilusión intacta. Cada triunfo suyo fue mi triunfo.”

DEL “PETISO” DE ESTÉFANO AL SALÓN DE PARÍS

Una de las historias que mejor explica quién era Crespi nació casi por accidente. En 1967, Nasif Estéfano destrozó su Torino en un golpe en el Autódromo de Buenos Aires y llevó los restos hasta el taller de Chacarita. Crespi no se limitó a repararlo: modificó posición del motor y caja, bajó el auto y cambió completamente sus formas. Así apareció el célebre “Petiso”, uno de aquellos Turismo Carretera que ayudaron a empujar a la categoría hacia la era de los prototipos.

De ese trabajo surgió también la idea de fabricar un deportivo propio. Llegaron la Tulia GT y posteriormente la Tulieta GT, con las que Crespi consiguió uno de los episodios más extraordinarios de la industria automotriz argentina. En 1975 las llevó al Salón del Automóvil de París.

Cincuenta años después todavía recordaba aquella aventura con asombro. Los autos viajaron a Europa dentro de un Hércules de la Fuerza Aérea. Una vez en París quedaron expuestos junto a marcas como Lotus y De Tomaso. Crespi decía haberse preguntado qué hacía él allí; pocos días después, sus creaciones se habían convertido en una de las curiosidades de la muestra. Juan Manuel Fangio lo acompañó en aquel viaje y tuvo un papel importante para darle visibilidad al proyecto.

Fangio volvería a aparecer en otro momento decisivo. Fue quien lo impulsó a abandonar Chacarita y establecer su fábrica en Balcarce, ciudad en la que Crespi terminó construyendo buena parte de su historia y donde su apellido quedó definitivamente asociado con los autos de competición. En la carta se acordó de aquel recorrido sin grandilocuencia.

“Yo nunca me creí más que nadie. Fui un laburante del fierro, un artesano que tuvo la suerte de convertir su pasión en su trabajo.” Probablemente sea una de las mejores definiciones de su carrera.

UNA VIDA ENTRE PILOTOS, SOLDADURAS Y AUTOS DE CARRERA

Los Crespi pasaron por la Fórmula Renault, la Fórmula 2, la Fórmula 3, el Turismo Carretera, el TC2000, el Club Argentino de Pilotos y muchas otras categorías. En los años 90 su estructura llegó a competir en TC2000 con pilotos como Guillermo Ortelli y Omar Martínez, mientras que sus chasis sirvieron durante años para formar generaciones completas de corredores.

Esa relación con los pilotos nunca fue solamente comercial. Crespi contó varias veces que ayudaba a jóvenes que no podían sostener económicamente sus campañas.

En su última carta volvió a agradecer a quienes habían trabajado a su lado: “Cada chasis, cada soldadura, cada pieza hecha a mano lleva el esfuerzo de todos. Nada lo hice solo.”

También reservó las palabras más íntimas para su familia, la misma que durante décadas convivió con las horas de taller y los fines de semana de carreras. “Ustedes fueron mi verdadero campeonato.”

NI SIQUIERA A LOS 88 HABÍA DEJADO DE INVENTAR

Tal vez uno de los detalles más lindos de sus últimos meses sea que Crespi nunca se convirtió solamente en una figura para mirar hacia atrás.

En agosto de 2026, apenas unas semanas antes de su muerte, todavía aparecía vinculado con un proyecto nuevo: el Crespi Fórmula Cross, un vehículo concebido para rodar fuera del asfalto que fue probado en las dunas de Pinamar. Después de aquella experiencia volvió a utilizar una frase que repetía desde hacía tiempo: “¡Viva la vida amigos!”.

Ese mismo mes recibió en Balcarce un reconocimiento por sus seis décadas dedicadas a la construcción de autos de competición. Estuvo acompañado por sus hijos Luciano y Sandro, en una fábrica que nunca había dejado de funcionar como centro de nuevos proyectos.

Incluso su regreso reciente a la escena internacional había ocurrido trabajando. Junto con sus hijos construyó las reproducciones de distintos Fórmula 1 utilizados en la serie Senna, de Netflix. Para conseguir que fueran visualmente idénticos a los originales, contó que trabajaron sobre fotografías, moldes, carrocerías y las técnicas desarrolladas durante décadas con sus propios chasis.

Más de medio siglo después de París, Tulio Crespi todavía estaba fabricando autos capaces de llamar la atención fuera de la Argentina.

“SIGAN HACIENDO RUIDO”

Su carta podría haberse limitado a agradecer. Pero Crespi dejó también algo parecido a una instrucción para quienes continúen trabajando en los talleres. “Sigan haciendo ruido. Sigan armando autos en talleres chiquitos pensando que pueden ganarle a los grandes, porque yo pude y lo hice.”

Ahí aparece, probablemente, lo esencial de su legado. Tulio Crespi perteneció a una generación para la que construir un auto de competición significaba muchas veces resolver problemas sin catálogo, sin simuladores y sin un proveedor esperando al otro lado del teléfono. Había que inventar. Había que probar. Y algunas veces había que equivocarse antes de encontrar la solución.

Pero su historia tampoco terminó convertida en una vitrina. En la carta dejó escrito que la fábrica seguirá en manos de sus hijos: “Queda todo ahí, para que siga girando”.

Es difícil imaginar una despedida más coherente con su vida. El hombre que fabricó más de mil autos de carrera no pidió que bajaran el ruido de los motores. Pidió exactamente lo contrario.

Y terminó su última carta como había terminado tantas conversaciones y proyectos durante los últimos años: “¡Viva la vida, vamos que se puede! Gracias, gracias, gracias.”

Tulio Crespi eligió escribir su propia despedida. Hasta para largar su última carrera quiso dejar el auto listo.

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Diego Durruty

Soy un periodista con más de 35 años en el ruedo. Arranqué en revistas como CORSA, El Gráfico, Coequipier y SóloTC, pero también me aventuré en el mundo digital en SportsYa!, e-driver.com y kmcero.com. Si eso no te sorprende, también me escuchaste en las radios Rock&Pop y Vorterix.com. Ah, y no puedo olvidar mis coberturas del rally Dakar para la agencia alemana dpa. Hoy en día escribo en Automundo.com.ar y para que no se me escape nada, también conduzco los magazines Dos Tipos Audaces y Motorix en YouTube. ¡No hay quién me pare, amigo!

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